La Promesa, avance del capítulo 664: Las cartas de Leocadia en peligro

El regreso de Lorenzo de la Mata a los pasillos de La Promesa no es un simple movimiento en el tablero: es el inicio de una guerra en la sombra que amenaza con arrasar a todos. El capitán, liberado gracias a favores comprados y trampas legales, vuelve con una sola obsesión clavada en su pecho: la venganza. Y su sola presencia es suficiente para transformar el ambiente del palacio en un campo de batalla silencioso, donde cada paso resuena como un presagio y cada mirada oculta un miedo latente.

Pero lo que Lorenzo no imagina es que esta vez encontrará un rival inesperado, alguien que ya no tiembla ante él: Curro. El muchacho que en el pasado cargaba con las cicatrices de la humillación ahora se alza con una determinación férrea. Ya no es el criado sumiso, sino un hombre dispuesto a desafiarlo. Y el primer choque entre ambos convierte el aire en electricidad pura.

El enfrentamiento directo es brutal. En los aposentos del capitán, Lorenzo intenta someter a Curro a la vergüenza, obligándolo a arrodillarse y despojarle las botas. Pero la humillación se topa con una negativa tan tajante como inesperada: Curro lo mira a los ojos y le escupe, con la voz firme, que no tiene miedo. Que ya lo metió en la cárcel una vez, y que lo volverá a hacer. La tensión es insoportable; Lorenzo sonríe con rabia y promete destruirlo, pero la semilla de su caída ya está sembrada.

Desde ese momento, cada rincón del palacio se convierte en un escenario de guerra no declarada. El capitán pasea con arrogancia por los salones, como si nada ni nadie pudiera detenerlo, y su mera sombra es suficiente para hacer callar conversaciones y congelar sonrisas. Pero al mismo tiempo, Curro maquina en silencio, movido por la furia y la necesidad de justicia. Lo que no sabe es que el destino le pondrá en las manos la prueba más inesperada: una carta capaz de decidirlo todo.

Mientras Lorenzo busca afianzar su dominio, decide enfrentarse a Leocadia. La considera su aliada natural, una socia con la que compartió intrigas y fraudes en el pasado. Pero lo que encuentra en sus aposentos es una mujer distinta: fría, distante, implacable. Leocadia no quiere cargar con un lastre, y no duda en escupirle a la cara que ya no lo necesita. Lo llama débil, lo acusa de haber sido derrotado por un muchacho sin nombre. Para un hombre como Lorenzo, esas palabras son dagas que desgarran su orgullo.

La tensión escala hasta que Cristóbal irrumpe en la habitación. El mayordomo, sereno pero letal, se planta entre Lorenzo y Leocadia y lanza una amenaza que hiela la sangre: si se atreve a tocarla o revelar sus secretos, no vivirá para contarlo. El choque entre ambos hombres convierte la atmósfera en un duelo mortal, aunque ninguno de los dos cede un milímetro. Finalmente, Lorenzo se retira, pero no sin prometer que la guerra apenas ha comenzado.

Lejos de sentirse derrotada, Leocadia empieza a urdir un plan aún más peligroso. Con su frialdad habitual, revela a Cristóbal que lleva tiempo guardando una carta escrita como si fuera del propio Lorenzo: una confesión detallada de todos sus crímenes, desde extorsiones hasta intentos de asesinato. Un documento falsificado, sí, pero tan perfecto que ni un juez ni un enemigo podrían dudar de su autenticidad. Su idea es simple y macabra: dejar que esa carta caiga en manos de la persona adecuada. Y esa persona no puede ser otra que Curro.

El joven, consumido por el odio hacia el capitán, sería el instrumento ideal. Si él descubre la confesión, nadie sospechará de un montaje. Y así, el destino pone en marcha su engranaje: mientras ordena documentos en el despacho de Lorenzo, Curro tropieza con el sobre que parecía aguardarlo. Al abrirlo, sus ojos se clavan en una frase que le acelera el corazón: “Ruego perdón, padre…”. Lo que sigue es una confesión demoledora en la letra del capitán, un relato de culpas y pecados que equivalen a una sentencia de muerte.

La reacción de Curro es inmediata: temblor, incredulidad y luego una euforia que lo arrasa por dentro. Ahora tiene la prueba definitiva. No es solo odio lo que lo impulsa; es la justicia que por fin parece alcanzable. Corre a mostrarle el hallazgo a Manuel, que al leer la carta comprende la magnitud del descubrimiento. Por primera vez, la caída de Lorenzo ya no es un sueño, sino una posibilidad real.

El sargento Funes entra pronto en escena. Escéptico por naturaleza, examina la carta con minuciosidad y, tras unos instantes de silencio, reconoce lo evidente: es suficiente para ordenar una detención inmediata. No habrá soborno, ni contacto poderoso que pueda salvar esta vez al capitán.

La escena de su arresto es apoteósica. Lorenzo, confiado y arrogante, disfruta de un vino caro cuando los guardias irrumpen en su cuarto. Su furia y sorpresa se mezclan en gritos de negación, pero la carta lo condena. El frío de las esposas en sus muñecas es la primera grieta de pánico en su máscara de arrogancia. A su alrededor, los criados observan con un alivio contenido: el monstruo que los aterrorizaba vuelve a ser arrastrado a prisión, y esta vez parece definitivo.

Pero la caída de Lorenzo no solo supone justicia. Marca también el ascenso de Curro. Su valor, su resistencia y su descubrimiento despiertan una oleada de respeto en el palacio. Manuel lo abraza como a un hermano, los criados lo miran con admiración, y hasta el propio marqués, Don Alonso, decide enfrentarse a su silencio culpable. En un momento cargado de emoción, Alonso reconoce lo que había negado toda la vida: Curro es su hijo, lleva su sangre y merece el apellido Luján.

Así, la guerra con Lorenzo culmina no solo en la victoria sobre el tirano, sino en la reivindicación de la identidad de Curro. Lo que empezó como una batalla por dignidad termina en la conquista de un lugar que siempre le había sido arrebatado.

Y sin embargo, una pregunta queda flotando como un eco: ¿qué ocurrirá cuando Lorenzo descubra que su condena nació de una mentira cuidadosamente tejida por Leocadia? Porque en La Promesa, cada victoria guarda en su interior una nueva traición.

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