MARTA AND FINA – Sueños de Libertad 387 (Fina no va a volver y no sé si voy a saber hacerlo)

 

El capítulo 387 de Sueños de Libertad se sumerge en una de las escenas más intensas y reveladoras de los últimos tiempos, protagonizada por Marta y Andrés. Lo que en un primer momento parecía una conversación profesional, orientada únicamente a los negocios y a las dificultades que atraviesa la empresa, termina por transformarse en una confesión íntima cargada de emociones, fragilidades y verdades que ambos personajes ya no pueden seguir ocultando. La ausencia de Fina, el peso de las decisiones empresariales y los dilemas sentimentales se entrelazan hasta dar forma a un retrato humano donde la frontera entre lo laboral y lo personal se desdibuja por completo.

Todo arranca con Marta intentando mantener la compostura frente a una nueva amenaza que se cierne sobre la compañía: la posibilidad real de perder importantes contratos comerciales. El nombre de Javier Narviu aparece en la conversación como una figura clave en ese entramado, alguien cuya decisión podría marcar el rumbo inmediato de los negocios. Para Marta, que ya se encuentra sometida a una presión insoportable, el golpe es demoledor. El hecho de que la situación se haya filtrado a la prensa y escapado a su control le arrebata la oportunidad de gestionarlo con la calma y la discreción que ella desearía. Sin embargo, fiel a su carácter luchador, Marta no se deja vencer y asegura que aún hay margen para salvar al menos parte de la negociación. Su vínculo personal con Javier le da una mínima esperanza de poder encauzar ese acuerdo, aunque sabe que con el resto de clientes el panorama es mucho más complicado.

Este primer tramo del diálogo muestra a una Marta combativa, consciente de las dificultades, pero también dispuesta a no rendirse. Oscila entre la ilusión de recomponer lo perdido y la certeza de que la tormenta apenas comienza. En medio de ese torbellino de preocupaciones, surge un elemento inesperado: el perfume Pasión Oculta. No es solo un producto comercial dentro de la trama, sino un auténtico símbolo que concentra significados más profundos. Para Marta, ese perfume representa un refugio emocional, un recordatorio de que en medio del caos aún puede construir algo, de que todavía existe un rincón donde aferrarse a la esperanza.

El tono de la escena da un giro decisivo cuando Andrés rompe la barrera estrictamente profesional. Deja a un lado los contratos y los negocios para preguntar directamente por la vida personal de Marta. Esta pregunta, en apariencia sencilla, abre una compuerta que la protagonista había mantenido cerrada a cal y canto. Marta, que hasta entonces había mostrado su faceta más fuerte, deja entrever su dolor más íntimo: la ausencia de Fina. Reconoce que siente que Fina no va a regresar, y lo que es peor, admite que no sabe si será capaz de acostumbrarse a vivir sin ella. Es un instante de confesión desgarradora que humaniza a Marta como pocas veces antes, mostrando que detrás de su dureza se esconde una herida profunda y todavía sangrante.

Andrés, en un gesto de empatía inmediata, responde compartiendo también su propio dolor. Explica que su cuñada se ha acercado a Gabriel, lo cual le provoca una sensación de pérdida y desarraigo que lo hiere de manera similar a Marta. Así, la escena se convierte en un espejo emocional en el que ambos personajes se reconocen en las heridas del otro. El peso de las ausencias amorosas se impone incluso por encima de los problemas empresariales, creando un clima íntimo donde lo importante no son los contratos, sino los sentimientos.

La conversación avanza hacia un terreno aún más profundo cuando Andrés decide abrir su corazón y confesar lo que lo atormenta en su matrimonio con María. Revela que su esposa desea adoptar un niño, impulsada por el dolor de no poder ser madre biológica. Sin embargo, él admite que no consigue asumir con naturalidad la idea de convertirse en padre de esa manera. Lo que hace más dura su confesión es que, en el fondo, nunca ha amado realmente a María. Esa verdad lo desgarra, porque no solo arrastra el vacío de un amor inexistente, sino también la culpa de haber condenado a su esposa a una vida de insatisfacción.

En ese momento, Marta se convierte en la voz de la razón. Con claridad y firmeza, le dice a Andrés que un hijo nunca puede ser la solución para un matrimonio sin amor. Le recuerda que traer una criatura al mundo en esas condiciones sería una injusticia triple: para María, que seguiría atrapada en un vínculo frío; para él mismo, que cargaría con un deber que no siente; y, sobre todo, para el propio niño, que crecería en un entorno donde lo que predominaría no sería el cariño, sino la tensión, el resentimiento y el dolor.

Andrés, en su incertidumbre, se pregunta si con el tiempo podría llegar a amar a María, como si ese sentimiento pudiera construirse desde la obligación. Marta, sin rodeos, lo desengaña: el amor no se fuerza, no se fabrica ni se improvisa. Ningún niño debería crecer presenciando un hogar lleno de discusiones y frialdad, porque eso marcaría su vida de manera irreversible. Sus palabras son un recordatorio contundente de que los afectos auténticos no nacen del deber, sino de la autenticidad y de la verdad de los sentimientos.

La escena concluye con un aire melancólico pero revelador. Lo que parecía una simple conversación sobre negocios termina convirtiéndose en una catarsis emocional para ambos. Marta y Andrés, desde su sinceridad, nos muestran que las heridas personales y las responsabilidades profesionales no solo coexisten, sino que se presionan mutuamente, exigiendo un equilibrio casi imposible. Sus palabras, sus silencios y sus confesiones nos recuerdan que el amor perdido no puede sustituirse con obligaciones ni proyectos superficiales.

El mensaje que deja este encuentro es universal: el amor auténtico no se fabrica ni se reemplaza. Cuando falta, lo único que queda es enfrentarse cara a cara con la verdad, por dolorosa que esta sea. Marta, con el recuerdo de Fina aún latiendo en su corazón, y Andrés, atrapado en un matrimonio sin amor, se convierten en reflejo de cómo la vida puede forzarnos a tomar decisiones imposibles. La fragilidad humana, la necesidad de sinceridad y la búsqueda de libertad emocional se convierten en los grandes ejes de esta escena que marcará un antes y un después en Sueños de Libertad.

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